marzo 07, 2009

Y LUEGO AÚN

Un lugar idéntico a sí mismo y para los hombres, es el eje de la tierra, tanto como la muerte.
Está en aquello, en la verdad, de aquel que la enuncia, así pues le beneficia.
Primero era extrañamente hablar unos sobre los otros, no poder distinguir el ayer del mañana ni esto de aquello, después fue rendirme ante ese discursar, un desconocimiento, una noción ajena a uno mismo a través de las palabras, en ese ganar y saber que se ha ganado igual que al perder y aceptarlo. Caminar por tierras desiertas y seguir avanzando; no aceptar la certeza o totalidad en las cosas, en los sentimientos, en las huellas digitales, en las gamas de los colores, en los colores, en los estados de ánimo, en el color de las pieles, en los sonidos y texturas. Es como edificar la esperanza mutilada, alumbrar el camino, desnudar; es una forma infinitesimal de relacionarse con las estrellas, con el amor, con la pasión, con el cuerpo, con la amistad, con el texto, con la pobreza, con la ignorancia, con el arte…-D, diría que a escala planetaria-es ese fascinante desencantamiento de cuentos y despertar de hadas, muerte de princesas y despertar de bosques. Es la angustia siempre en un fue, es también el juego, el placer, la intensidad, es el reconciliar, es escuchar y escudriñar, desafiar la palabra, es lo más, doloroso, amoroso, fascinante…lo complicado de enunciar, apalabrar, designar, definir, decir. La palabra venidera. La más fértil en la historia frente a su propia inmensidad y ante este gran espectáculo sentir que el interior de uno mismo y el exterior son sensaciones comunicantes. Responsabilizarse y comprometerse tomando el timón vislumbrando el alcance y consecuencias.

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