A ese, a mi novio con el que anduve aproximadamente 20 años, de esa inmovilidad casi matemática, temporal:
"Antes, cuando aún era joven, creía, al menos lo decía que entre los datos horribles de estos conocimientos, el único lugar habitable era el de la conjugación entre la memoria y el olvido de estos datos. No recordar, no haber olvidado. Ahora creo que estas palabras me fueron dictadas, me las dictaron los hombres que conocí; carecen de sentido, atañen a la inmensidad de la tontería general, al espacio oscuro, de la misma manera que atañe a la obediencia, al poder, la timidez frente a la irresponsabilidad criminal del proletariado, y que las palabras se inventaron para camuflar la deslumbradora tentación del único comportamiento aceptable de los pueblos, tanto de cara al poder que los gobierna, venga de donde venga y sea de la índole que sea, como de cara a esa esperanza podrida en la misión redentora y constructora del proletariado, hablo de lo que no es materia de enseñanza, de lo que escapa a toda codificación, a toda escolarización, de lo que no se puede aconsejar, ni enseñar, hablo de la indiferencia. La nueva gracia de un cielo sin Dios"
a la memoria, a la nena que me enseña y a la D. de la que creo estoy o enamorada u obsesionada:
"Al mismo tiempo que voy hablando, que voy escribiendo esas cosas, sé que no le importarán nada a usted, al otro, el de nuestra separación, si por casualidad, un día, usted lee algo que no sea L’Equipe y Le Parisien, por ejemplo y cosas así. Pero, ¿sabe?, ahora tampoco me importa usted a mí. No se puede vivir de los muertos. Yo ya tampoco oigo su silencio encerrado como el de nuestros gobernantes. Le he abandonado. Hace tiempo, mucho tiempo, que descuido la desesperación por usted provocada. Se transformó en polvo ilegible y estéril. Veo a la gente que está afectada aún por la irresponsabilidad de usted, por su falta de honestidad, como atacada por una enfermedad estacional, pero que pasará. Sí, hay en su existencia algo parecido a la del final del deseo, esta espantosa expiración de un deseo que muere y que ninguna fuerza en el mundo, por gigantesca que sea, puede devolver a la vida el espacio de una mirada. Sin embargo, mire, le llamo, le escribo. También le llamaría, le escribiría si le tocara desaparecer o morir, quién sabe, a lo largo de la historia de su quinta. La distancia que nos separa es justamente la de la muerte. Es una distancia única para usted y para mí. Usted quiere conservarla pura entre nosotras. Como usted, sé que esta distancia es infranqueable, imposible de cubrir. La diferencia entre usted y yo es que para mí esta imposibilidad es un inconveniente sin importancia. Entonces, mire, somos iguales, permanecemos en nuestras casillas respectivas, en nuestros territorios quemados, de un narcisismo incalculable; pero yo grito “hacia” los desiertos, preferentemente en la dirección de los desiertos" M.D.
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